Marisabel Macías Guerrero
Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS). Profesora de asignatura en algunas Universidades privadas, orientando en materias relacionadas con la Filosofía.
Promotora Cultural independiente. Feminista. Mediadora de Sala de Lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK.
Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación).
Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales. También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)
Dampkring
—Huele
a Ámsterdam —es lo primero que dijo al entrar en mi departamento. Había entrado
bajo el acuerdo implícito de continuar con los besos pendientes, de esos que te
hacen levitar.
El pretexto para pasar fue un porro
reseco que encendimos desde la última curva, al salir de la playa. Una vez
dentro de mi casita, comencé a ponerme cómoda y le pedí que hiciera lo mismo.
Cambié mis tacones por sandalias, tendí el tapete en el suelo, comencé a lavar
el bong y encendí la computadora para
poner música. El ritmo elegido fue surf.
—¿A qué huele entonces?—le pregunté
tratando de ubicar el pachuli en los países bajos.
Él
comenzó a describirme las coffee shops
que había visitado en su paso por Ámsterdam. Me hizo algunas recomendaciones y
me aseguró que podía verme allí, perfectamente sentada, comiendo un pastelillo
y sintiendo que los oídos me chillaban al primer minuto.
—Seguramente
tú llevarías un libro—dijo recorriendo con la vista las paredes sostenidas con
pilas de libros.
Esa noche él parecía estar
maravillado con mi presencia. Cada cuatro minutos se acercaba a besarme la
mano, la frente, el hombro, las rodillas, los pies y el ombligo. Cuando aquello
se incendió fue el sexo más salvaje de mi vida, y lo tuve presente durante todos
los días posteriores.
Esa noche, después del único
orgasmo, nos dejamos caer. La plaga de besos embistió de nuevo, el doble de
ternura salía de sus manos y de su boca. Me clavó en su costilla izquierda y me
acarició el peloy el brazo hasta que llegó la hora de irse.
Con ese hombre las conversaciones
eran escasas. Él vivía fuera de la jaula, entraba y salía de ella, jamás se
estaba quieto, mucho menos en los temas, iba de uno a otro sin orden o
casualidad. Con el paso de los días, iba de una máscara a otra con el chasquido
de mis dedos. Verlo explorar sus múltiples personalidades se volvió un
divertido juego.
Era un hombre de muchos hombres. En ocasiones se
refería a sí mismo como “esta”. Comenzábamos entonces una charla sobre la
masculinidad, hasta la noche en que amenazó con robar mis amantes. Decidí
entonces cambiar su personalidad. Iba de una a otra vertiginosamente. Confieso
que en más de una de estas facetas sentí terror, pero todas tenían algo
atractivo: el niño, el amante, la fiera, el asesino, el homosexual reprimido… Todas
eran él, invariablemente.
Al final me quedé con esa que tiene
todas las otras personalidades. Aquella con la que siempre nos sentíamos
acompañados por la excitación y la adrenalina. Aquella que terminaba todas las
noches sobre mi colchón, donde lo miré acercarse a mí, su presa; pero antes de
que pueda matarme, lanzo un fuerte chasquido y le busco los ojos con los labios
afilados.
¡Yo nomás le digo!
¡Ya me habían platicado de ella! Muchas historias se
cuentan entre los compañeros. Dicen que toma diferentes rutas; que desde que se
sube ilumina la unidad, que con su olor a vainilla te da hambre de dulce, y que
así, sin decir agua va, ¡Zas! Actúa.
Yo nomás no quería creer; y es que, se me hacía
imposible que existiera una mujer tan “así”, tan maldita; será que he tenido
buena suerte con las damas. Pero como dicen “flores en mayo, tarde o temprano
hallo”, o sea, “lo que existe, existe”, y este día me tocó a mí.
Desde que se subió supe que era ella; traía una falda
negra pegadita, pegadita, no tan corta pero tampoco tan larga; una blusita
azul, también untadita al cuerpo, y ¡qué cuerpo!; o sea, que pa´acabar pronto debo
decir que sí, hasta yo quería dejarla pasar sin cobrarle el pasaje. Porque es
una mujer más guapa de lo que me habían dicho;de esas de las que uno no se
enamora, pero sí se apendeja un buen rato, con perdón de la expresión. Ya sabe,
de esas por las que uno se "ocsesiona".
Y bueno, como le iba diciendo, yo estaba lelo, ya
nomás me dio la moneda de diez me sacudí, miré por el retrovisor y temblé; dos
parejitas había, y una de ellas traía chamacos. ¡Pobres compitas! Pensé. Supe
que cualquiera iba a caer redondito; casi que quería detenerme para impedir la
acción, pero el deber llama, y todavía no pasaba nada. Así que lo único que
pude ver, hasta ese momento, fue que ella se sentó en el primer asiento, en el
de discapacitados, nomás se recorrió un poquito pal medio, como para dejar
espacio —por lo menos es consciente de los más necesitados, pensé yo—, pero era
que de allí miraba perfecto a los dos hombres, a uno lo tenía a unos cuantos
asientos y el otro le quedaba casi enfrente; además de mala es muy lista, pensé.
Mire, yo descansé un poco cuando vi que el que comenzó
a sonreír era el bruto de la pareja que venía sin plebes. Aunque después pensé
que era un maitro cualquiera, los plebes los pudieron haber dejado en su casa,
a lo mejor y hasta traía a su doñita enferma… no sé, yo quise ver primero el
acto y luego juzgar…
Usted no se imagina ¡ella es muy rápida!
La morenaza sacó un libro, parecía que lo estaba
leyendo, pero de pronto levantaba la mirada y le hacía ojitos al viejo, luego,
en dos ocasiones sacó la lengua y se ensalivó los labios ¡y qué labios, Dios
mío!... ¡Yo no lo podía creer! Hasta yo estaba sudando. Y así seguimos casi
hasta llegar al centro, el pobre idiota sólo sonreía y agachaba la cara, le
sacaba plática a su morrita, y seguía mirando a la otra de reojo; pero, pues le
llegó el momento, la chamacona sacó un papelito, le hizo como que escribió algo
y se lo puso entre los dedos; luego, con la mirada parecía que estaba llamando
un perro; ¿pero cómo se va a levantar? Me preguntaba en mi mente, angustiado.
¡No te levantes, no seas baboso! Quería gritarle, pero
no pude.
Así que aquel, creyéndose muy listo, le dijo algo en
el oído a su mujer y se levantó; ¡sí, se levantó! y se acercó hasta el frente,
hasta acá conmigo, e hizo como que me preguntó algo, la verdad no me acuerdo ni
qué; porque en ese momento la mujer ésta
tiró dos papelitos, así como si se le hubieran caído; y el otro se lanzó
rápidamente para levantarlos… ¡allí está la trampa! así le hace volví a pensar.
Pues sí. El señor nomás le entregó un papelito a la morenaza de fuego y el otro
se lo guardó; se fue y se sentó al lado de su doña; apenas pasaron unos dos
minutos, cuando la muñecona se transformó en la novia del chucky; guardó el
libro, se puso de pie. ¡A mí me sudaban
hasta las trusas, me dio un torzón de los nervios!, fue y se le paró en frente
a la señora; el hombre peló los ojos, y ella abrió la boca para decir algo,
allí fue cuando decidí actuar. Ni modo. Di un frenón y pité como desesperado, y
sí, todos se sacudieron; fueron daños accidentales, pero evitaron algo peor; la
de la faldita negra, como era la única de pie, pues se cayó, vino a dar hasta
acá hasta al frente del camión; se levantó encabronada, ni dejó que la ayudara;
nomás le recogí uno de los libros, y pélate Tin tán.
Y como todos estaban preguntando, pues yo apurado les
dije que se bajaran, que se me estaba quemando el motor; pero no es que esté
loco, es que quise evitar una desgracia. Y sí, todos me creyeron y se bajaron
corriendo, menos ese par estudiantes jipis que le llamaron a usted, señor policía. Pero la de
la faldita corrió; hasta luego pensé que quizá fue y persiguió a los señores;
pero estos revoltosos no me dejaron ir, y aquí me tienen.
Créame, lo que hice lo hice por evitar la destrucción
de un hogar. Yo nomás le digo, si usted no me acompaña y la detiene, va a
seguir diciéndoles a todas las mujeres lo que sus hombres son capaces de hacer.
Yo nomás le digo…
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