lunes, 8 de mayo de 2017

LOS MINUTOS Y LAS HORAS. Textos de Joaquín Maldonado


Joaquin Maldonado      

Nacido en la CDMX, Programador de Computadoras, empleado de gobierno del Estado, 
asiste al taller de la serpiente en UABCS desde el 23 de febrero del 2017






Veinte de abril


Veinte de abril. Hoy Carlos y María cumplen ocho años de casados. Sería un gran día si tan solo María no hubiera descubierto el ticket de SARA´s en el saco de él hace una semana, era una compra importante, algo caro para alguna de las amantes que sin duda él tenía en su oficina. Ella revisó el Facebook de Carlos, estaban las fotos de una reunión en la empresa el viernes pasado, había una mujer rubia quien sonreía en todas las fotos, de seguro a ella le había regalado algo, un perfume, un reloj, quizá una pulsera.
Por la tarde empezó a beber. Recordó que su esposo tenía una pistola en su buró, fue por ella, la tomó, se sentó en la cama, lloró un poco y la guardó en su bolsa. Salió a la calle, subió a su auto y fue a SARA´s. Preguntó por el ticket, lo sentimos, solo podemos decirle que el cliente pidió que se enviara el paquete a domicilio, no podemos darle más información. De regreso paso a un Oxxo, compró una botella de vodka con mandarina, una bolsa de hielo y cargó saldo en su celular. Llegó a su casa. Eran las tres y Carlos llegaría a las cinco. Se bañó, se arregló un poco y se sirvió un vaso grande de vodka, vinieron a su mente las fotos de Facebook, la sonrisa de la mujer rubia le parecía burlona, llena de rabia tomo la pistola. Tocaron a la puerta.
Sonó un disparo y Carlos cayó al suelo, traía el traje azul marino, la corbata y la camisa rosa que ella le había regalado en su cumpleaños, se veía impecable a sus cuarenta y cinco años sino fuera por la pequeña mancha de sangre que asomaba por su camisa. Sonó el teléfono, María levanto la bocina sin hablar siquiera, eran de SARA´s, querían entregar un paquete que días antes alguien de nombre Carlos había comprado para regalo.







Los minutos y las horas


Uno pierde los minutos y las horas
caminando entre Esquerro y Abasolo
calle abajo y hacia el malecón
entre el calor y los puestos de chinos
miras esa foto
relojes de arena en los aparadores
los vendedores ambulantes del viejo barrio
el calor de la ciudad
las calles con árboles de la india
las aceras de mosaico bañadas de sombra
miras de nuevo la foto
y sonríes sin darte cuenta
es una tarde espléndida
la gente que camina y se aleja
que sale de foco
entre el calor y la sombra










Los gigantes


Al caer la noche llegaron los gigantes
los iluminaron cientos de mariposas blancas
todos de pies desnudos
en una mano sus zapatos en la otra una cruz

En el fondo de una botella la luna reposaba
mientras un artista con su lápiz inventaba la lluvia
los gigantes brotaban entre libros y abanicos
estallaban en cientos de pájaros y palabras

Entonces llovió
y el genio del mar aguardó en su silla
todos de pies desnudos
en una mano sus zapatos en la otra una cruz.









lunes, 10 de abril de 2017

Cascabel #32, reunión de escritores de Oaxaca





Odisea. Poesía y narrativa de Ana González Castro.


Ana Laura González Castro. Originaria de La Paz, BCS. Tiene 27 años. Estudió Biología Marina en la UABCS. Actualmente estudia un posgrado en ciencias marinas y participa en el taller de la serpiente.





Púrpura pansa                                                                                      


A veces cambio y me transformo en animales de cuerpo blando
sin huesos ni sesos
sin ojos ni brazos
Soy caracol errante
calamar gigante
todo y nada, lo ves
A veces cambio de casa para vivir en la misma roca
Sostengo y defiendo
¡pum! Disparos de tinta tóxica
fiel turbidez, la tinta no ha secado.
déjala flotar.





Despertar                                                                                          

Era día y el mar me veía
era martes y no sonreía
el corazón no cabía en la palma de mi mano
en la tinta de los dedos
en la uña del pulgar
en las células de piel
ni en el núcleo de mi ser.






Arrecife

Detrás del miedo nació el mar
con sus manos tomó de mis aletas
y de su dorsal creció la osadía
 tritón era, tritón es.
Vidas pasadas y liberadas
en bosques de algas pardas
con peces ocultos bajo el manto del coral
poza lejana, poza olvidada,
aquellos dientes agudos nos dejaron entrar,
y los depredadores perdidos a nuestra guía van, 
pero mamá y su voz impone el volver
y de la tierra hemos de ser.





Memorias de Jack 

A través de la ventana contempló el cielo, maravillado por aquella aurora boreal que dibujó la figura de una cebra y se desvaneció al instante, dejando un resplandor azul en el horizonte. Decidió tomar su bicicleta y los pensamientos giraron cómo trompos buscando negocio con el pasado. Recordó el aire frío y la ventisca que nunca paralizó sus enérgicas piernas, el cable de seguridad y su medición ajustada al arnés, el piolet grabado con el caracol de la deidad, las cuadras cubiertas con el candor de la nieve y la colección de monedas que cambió por el viaje en el territorio polar. Lo recordaba cómo si fuera ayer y el tiempo permaneciera inmóvil cómo la estatua del reino que solía visitar. Pero la caída en la vía de la montaña lo desalentó, y una joroba le apareció. Ahora tiene un trabajo de oficina y aún le duele.







Dosis diaria

Estaba nervioso, su angustia crecía con cada minuto que transcurría en aquella sala de espera. Recordó la llamada, la mujer al teléfono tenía una respiración densa, hablo lento y conciso.

-       El médico lo atenderá hoy.

Sin mayor detalle colgó. Desconcertado, inició una guerra en su mente imaginando padecimientos mortales y lamentando su vida sedentaria llena de excesos. Sin embargo, no se sentía enfermo, su cuerpo funcionaba, dormía ocho horas diarias, comía con ganas, y a veces hasta sonreía. No entendía el motivo de la llamada, y la incertidumbre le estaba ganando. Vació sus bolsillos hasta encontrar su goma de mascar elaborada con resinas orgánicas, tenía aspecto desagradable y consistencia pastosa, el sabor amargo le entumió la lengua y algo en su interior hizo clic, se sintió ligero y relajado, sin temor alguno. Notó que las letras de la sala de espera parecían difusas, escuchaba voces salidas de un trombón desafinado y sintió unas repentinas ganas de bailar. Se puso en pie, agito sus brazos tres veces y se detuvo. El médico le toco el hombro y lo invitó a pasar a su oficina. Aquel pasillo de paredes frías y luces brillantes parecía interminable, entró tambaleándose y agotado se dejó caer en la silla. El médico lo observo detenidamente, le hizo un par de preguntas, escribió en una hoja, suspiro profundamente y concluyó:

-       Entiéndelo Roberto, esos chicles no te ayudan a bajar de peso.






Odisea


Abrió sus ojos y la luna le deslumbró. Aquella luz iluminó los rincones más oscuros de la tierra. Observó su cuerpo impregnado de una sustancia viscosa, se arrastró con prisa hacia la superficie dejando un rastro de cascaras de huevo. Guiada por la luna continuó su camino sobre la playa. Cubrió su cuerpo con arena y se ocultó de hombres, coyotes y cangrejos. Llegó a la rompiente, pero las olas la alejaban cada vez más. Insistió. Agitó sus extremidades sin descanso alguno y logró entrar al agua. Nadó durante días, encontró refugio en los restos de una embarcación y flotó a merced de las corrientes, flotó durante meses. Y entonces llegó al festín, devoró pastos y algas marinas, nadó sin prisa entre cardúmenes de peces tropicales. Exploró a detalle cada roca, cada cueva, cada material artificial olvidado por el hombre. Subió a la superficie y respiró profundamente. Al día siguiente emprendió el camino de regreso. 












viernes, 31 de marzo de 2017

LAS PALABRAS REVOLOTEABAN COMO LAS MOSCAS ALREDEDOR DE LA MIERDA...Textos de Alejandro Aguirre Riveros



Alejandro Aguirre Riveros cursó la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en el ITESO. Durante ese periodo ganó el premio al Mejor Documental en la Semana Municipal de Video de Guadalajara, obtuvo el primer lugar en la categoría Fotografía del Festival Universitario de la Comunicación y dirigió un corto experimental seleccionado por el Festival de Arte Chroma y el Tijuana Freakfilm Festival. Al egresar trabajó como videoasta y fotógrafo hasta que una enfermedad autoinmune devoró la superficie de sus ojos obligándolo a volcar su creatividad en la literatura.





Dinero


Lo detuvieron al salir de uno de sus tantos negocios y después de inmovilizar a sus guaruras lo subieron a una camioneta de vidrios polarizados. Con golpes y amenazas le advirtieron que si no cooperaba sufriría las consecuencias. Pasó hambre y tuvo miedo. Dormía esposado a una cama sin colchón y cada cierto tiempo era obligado a dar muestras de vida por medio de una serie de llamadas en las que sus captores coordinaban el pago de su rescate. Todo el tiempo llevaba una venda en los ojos y sólo se la quitaban cuando iba al baño. Esto con la condición de que hiciera sus necesidades con la puerta abierta y sin levantar la mirada.
Era vigilado día y noche. Lo mantenían atado de pies y manos mientras las llamadas se volvían cada vez más esporádicas. Así también el desdén con el que era tratado iba en aumento. Su familia y sus captores no llegaban a un acuerdo sobre la can- tidad que debían pagar. Y justo cuando empezaron a decirle que se fuera despidiendo de sus dedos, sucedió lo inesperado.
—Este pendejo ya tapó el baño –dijo el más joven de la banda después de orinar en el inodoro.
El hombre de negocios inmediatamente tragó saliva. Sabía muy bien lo que eso significaba, pues recién  había  defecado como  lo  hacía  todas  las mañanas después de un desayuno pringoso y rebosante de aceite.
—Pues destápalo, cabrón –dijo el que parecía ser el segundo al mando.
Un tipo de voz ronca que no dejaba de ver la tele, buscando de un canal a otro cualquier cosa que fuera información deportiva o caricaturas.
—Putísima madre –contestó el joven secuestrador.
Y como no tenían un destapa caños tomó un gancho de metal que había por ahí y lo extendió desdoblando  su forma original para remover el fondo del escusado.
—¡No mames! –gritó al poco tiempo.
—¡Cálmate, cabrón! –dijo el otro–. Ni  que nunca hubieras visto mierda.
—¡Es que no es mierda! ¡Ven rápido! ¡Guacha esta madre!
En  el fondo del escusado, entre el papel de baño desecho y los meados, había billetes de mil y de quinientos pesos y monedas de a cinco y de a diez.
—¡Este cabrón caga feria! –gritó el secuestrador viejo.
En seguida buscaron una bolsa de plástico y la usaron a manera de guante para sacar todo ese dinero de ahí. En total sumaba casi siete mil pesos. De inmediato llamaron al líder de la banda, que sólo se aparecía por ahí para contactar el hombre de negocios con su familia. Al principio pensó que sus subordinados  se habían  vuelto locos, como suele pasar con los drogadictos, pero al ver la serie- dad con que lo contaban, decidió darle una oportunidad al asunto. Mandó que le trajeran unas tortas de jamón que vendían cerca y que pasaran a la farmacia por un laxante.
—Más te vale que lo que dicen estos cabrones sea cierto –le dijo al hombre de negocios mientras lo veía empinarse el laxante después de haberse tragado todas las tortas.
—Más te vale o te vas a quedar sin una oreja. Pero era cierto. En el fondo del escusado había
de nuevo billetes y monedas.
—¿Cuál es tu comida favorita? –le pregunta- ron al hombre secuestrado, pero este no respondió.
Se limitó a llorar y a implorar que lo dejaran en libertad. Decía que el mismo se encargaría de darles lo que pidieran si lo dejaban ir, pero los secuestradores no le hicieron caso.
—Hay que traerle unos pinches tacos –dijo el más joven–. A güevo le gustan los tacos.
Y fue así como, bajo la amenaza de que le cercenarían los dedos y las orejas, lo tuvieron comiendo día y noche. Pizzas, tlacoyos, hamburguesas y hasta pingüinos y maruchanes y sobre todo coca cola y mucho laxante.
Días después se cobró el rescate, pero no lo liberaron. El líder de la banda trocó gran parte de la fortuna con sus subalternos a cambio de que ellos se responsabilizaran del hombre  de  negocios con  todo  y sus jugosas excreciones. Éstos, por supuesto, le daban de comer y lo hacían cagar sin descanso, mientras los billetes y las monedas se iban amontonando en el fondo de una enorme bacinica que consiguieron para no desperdiciar ni un solo peso. Hasta que después de hacer cálculos se dieron cuenta que tardarían más de un año y medio en juntar el primer millón, lo cual era casi la suma que habían dejado ir con tal de quedarse con el hombre de negocios que cagaba dinero.
—Hay que abrirlo –decían–. Hay que sacarle los billetes de una buena vez.
Le  tentaban  el ahora abultado vientre y se imaginaban que adentro se escondía una fortuna. A los pocos días consiguieron un cuchillo de carnicero y lo abrieron de tajo. El hombre amordazado intentó suplicar que no le hicieran daño, pero fue en vano.
—La cagamos –dijo uno de los secuestrado- res al revolver las entrañas abiertas y descubrir que adentro sólo había sangre y vísceras.





Cacería


Cuando éramos niños solíamos cazar ángeles: nos escondíamos en el techo detrás del tinaco, con el dedo en el gatillo y la mira apuntando al cielo. Los hombres alados caían pesados, manchando el pavimento de sangre. Cuando bajábamos a rematarlos sus alas aún agonizaban, pero ellos no se quejaban. Se limitaban a mirarnos con esos ojos bovinos tan llenos de calma mientras les apuntábamos a la cara para darles el tiro de gracia.








Pizza  casera


—O me haces un hijo o me voy –me advierte con sus ojos chispeantes y las maletas listas.
Yo me quedo petrificado junto  a la puerta, sosteniendo  en mis manos  las bolsas del mandado. He pasado al supermercado por una botella de vino y todo lo necesario para preparar mi famosa pizza casera. Es la tarde de un viernes de quincena y estoy dispuesto a ofrecer las paces. A ponerme romántico y dar por terminada la pelea de la noche anterior. La misma que ha continuado en silencio durante un gélido desayuno.
—¿Y bien? –insiste con los brazos cruzados y su actitud de mujer molesta–. ¿Qué vas a decidir?
Yo siento ganas de intentar hacerla entrar en razón.
“No  podemos  ser tan  impulsivos –me  dan ganas de decirle–. Un hijo no es una mascota.”
Pero me callo. Dejó las bolsas en el suelo y la abrazo, pero cuando intento  besar sus labios ella separa su rostro y dice:
—No estoy jugando.
Yo sé muy bien que no está jugando. Y tiene razón. Desde hace tiempo nuestra relación se ha vuelto un constante pelear por motivos cada vez más ridículos. Celos, exnovios, viejas discusiones. Cualquier cosa sirve para seguir empujándonos hacia ese punto sin retorno en el que uno de los dos se verá obligado a pedir un tiempo. Y lo peor es que sólo lo hacemos para sentir el miedo de perdernos para siempre, ese miedo que revive la vieja pasión de los primeros días en los que todo era coger y ser cogido.
—¡Así! ¡Así! –me dice–. ¡No te pares! ¡No te pares, por favor!
Demasiado pronto nos encontramos desnudos haciendo el amor una vez más, sobre el sillón de la sala, junto a las maletas listas. Ella grita y gime y yo busco contenerme sin detener el vaivén de mi cadera, pero es difícil. ¿Hace cuánto que no lo hacíamos sin condón? Pienso en las pastillas que tanto he insistido en que se tome y las que ella rehúye alegando que la van hacer engordar.
—¡No te pares! ¡No te pares! –me grita casi en la cara.
Es delicioso penetrar en el calor, la humedad de su vagina, pero también tengo muy claro que debo esforzarme. Dar una cogida de esas que lo perdonan todo es algo muy parecido a cocinar una pizza casera. Hay que preparar la masa, calentar el horno, rayar
el queso, destapar la lata de anchoas, buscar la salsa de tomate. Pero al final todo se resume en tener la pizza en el horno durante el tiempo exacto para que no quede ni muy dura ni muy blanda, sino deliciosa- mente crujiente. Igual en el sexo: un buen orgasmo no es el simple resultado de saber mezclar los ingredientes sino de hacerlo con un buen sentido del tiempo.
—¡Qué rico! ¡Sí, así! ¡Así!
Sus movimientos se vuelven frenéticos y yo ya no puedo más. Hago un último esfuerzo, con- tengo la respiración y alejo mis pensamientos de esa oleada de placer que amenaza con apoderarse de mi cuerpo. Mi mente divaga y aparecen, entonces, las imágenes: la anécdota que contaremos a los amigos cuando vengan a conocer nuestro pequeño vástago, su amenaza de largarse y cómo sólo así logró con- vencerme de que fuéramos padres de una buena vez. Me imagino a ese bebé que será la mezcla de nuestros rostros, de nuestros gustos, de nuestros vicios. Por alguna extraña razón su existencia se vuelve algo casi tangible y entonces el miedo me invade y yo lo único que quiero es escapar.
—¡Ahhhh! –grito, y siento surgir de mi pene una certeza muy parecida a la luz del sol al medio día.
Mi semen brota y escurre fuera de la anhelante vagina, lejos del frustrado instinto maternal. Ella se queda perpleja durante un instante, sin saber muy
bien qué es lo que ha pasado, luego arremete con sus golpes y los insultos. Yo no hago nada más que ver cómo ella vuelve a vestirse para tomar las maletas y salir del departamento, perdiéndose con el sonido de sus pasos escaleras abajo. De inmediato me visto tan sólo con el bóxer arrugado que recojo del suelo y me asomo por la ventana. Grito su nombre, pero es demasiado tarde. Su figura se ha subido a un taxi y éste se pierde de vista.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! –grita ella, y de mi pene surge una certeza muy parecida a la luz del sol al medio día.
Ella me besa, me abraza, nuestros cuerpos res- piran agitados. No nos movemos, no decimos nada, pero después de un rato el miedo sigue ahí clavado justo al lado de mi corazón. Yo busco distraerme pensando en la deliciosa pizza que voy a preparar. Es mi consuelo. Voy hasta la cocina y le quito el corcho a la botella de vino. Bebo en silencio o brindamos. Ya no lo sé bien. Sirvo el vino en dos copas o mis labios toman directo de la botella. Ceno a solas pensando en mi nueva soltería o ceno en la cama junto a ella. Pienso en qué decirle cuando vuelva a verla para pedirle perdón o me convenzo de que nadie se embaraza a la primera cogida sin condón.
—Todo va a estar bien –me digo a solas, una y otra vez–. Todo va a estar bien –repito, y ella me dice que sí, que todo va a estar bien.








Escamas


Sandra fue a la farmacia y compró una prueba de embarazo. Orinó en ella y dio positivo. Regresó y compró dos más obteniendo el mismo resultado.
—Fue mi culpa. Perdón –dijo Érick, abrazándola, mientras se escuchaba a los lejos el comercial de un papel higiénico.
Érick era un skato que la penetraba con dulzura en su cuarto mientras sus padres veían televisión en la sala. Llevaban más de un año de novios y Sandra lo quería mucho. Por eso aceptó hacerlo sin condón.
—Creo que no estamos listos para ser padres
–dijo Sandra, acurrucada en el pecho de Érick.
Juntaron el dinero con ayuda de una tía lejana y abortaron. Sandra se negó a salir de la clínica sin el “cadáver” de su hijo. Los doctores, ante la insistencia, hicieron una excepción: le regresaron a su hijo en una bolsa de plástico transparente y gruesa, llena de sangre, en cuyo interior se podía ver una masa sanguinolenta. Lo enterraron en su playa favorita entre las dunas tomando una piedra
inmensa a manera de referencia. Érick fue quien cavó el hoyo mientras ella lo veía. Al final prendieron un gallo y se quedaron a ver el atardecer en un abrazo que los hacía parecer una pareja de ancianos que llevaba toda la vida juntos.
Durante los días siguientes Sandra se excusó de ir a la escuela diciendo que se sentía mal. Y no era mentira. Una punzada la acompañaba día y noche en su vientre, y le permitía dormir sólo cuando los analgésicos que le habían recetado hacían efecto. Fue entonces cuando comenzaron los sueños. Por las noches su bebé le pedía ayuda enterrado como estaba entre la arena.
—¡Mamá! ¡Mamá! –gritaba su hijo y Sandra despertaba asustada.
Intentó dejar de dormir, pero fue en vano. En la prepa terminaba rendida sobre su mesabanco a media mañana para ser despertada por la voz del bebé pidiendo auxilio. Érick la vio tan llena de ojeras y desgastada que no se opuso cuando ella le pidió que la llevara a visitar la tumba de su hijo. Pero cuando la vio tirarse sobre la arena para des- enterrar al feto intentó detenerla.
—¡Quítate! –gritó ella, sin poder alejar de su mente la imagen de su bebé respirando arena por la nariz mientras sus ojos la buscaban aterrado–.
¡Déjame ayudarlo!
Los esfuerzos de Érick por detenerla fueron en vano. Sandra escarbó histérica hasta desenterrar por completo la tumba del hijo que no tuvieron. La bolsa llena de sangre seguía donde mismo, pero en su interior algo se movía con desesperación. Érick sintió un vuelco en el corazón. Tomó la bolsa y la desgarró: la sangre cayó a la arena dejando ver un pequeño pez plateado que daba saltos convulsos en un intento por no morir ahogado.
—Rápido –dijo ella, esforzándose por atraparlo y manchándose de sangre–. Hay que llevarlo al mar.
El pez era muy escurridizo. No dejaba de saltar. Érick estuvo dos veces a punto de atraparlo, pero fue Sandra quien finalmente lo capturó, apretándolo contra su pecho, para que no escapara. Rápidamente corrió hasta las olas y liberó al pequeño pez que no dudó en nadar hacia el horizonte perdiéndose de vista en un instante. Sandra se quedó durante un largo rato con el agua hasta la cintura, mirando en la dirección en la que el pez se había ido. Érick llegó junto a ella y la tomó de la mano. Las olas los golpeaban con su vaivén eterno. Regresaron al auto y se quitaron la ropa mojada y así, desnudos de la cintura para abajo, manejaron de regreso a la ciudad, usando los tapetes a manera de toalla para no mojar los asientos. Sandra lloró todo el camino de regreso y no paró hasta que el auto

se detuvo frente a su casa. Entonces cayó rendida sobre el pecho de Érick, quien no supo qué hacer salvo acariciar su cabello con dulzura en espera de que se quedara dormida y esta vez no soñara con bebés muertos.

viernes, 24 de marzo de 2017

En algún lugar del patio hay un poema. Selección de Cecilia Angelina


Cecilia angelina Bustamante

De Cabo San Lucas, estudiante en la licenciatura de Lengua y Literatura en la UABCS. Vive en La Paz desde que inicio la carrera y no tiene planes de dejarla; en abril cumple 22 años, y los últimos doce los ha vivido entre libros. Soñó por primera vez en ser escritora en secundaria, y está en el camino a conseguirlo. Enamorada de las letras, tanto como del amor.







I


EN ALGÚN LUGAR DEL PATIO HAY UN POEMA que habla sobre
este amor que nace entre tu mirada y la mía
y que muere en la lejanía de nuestros cuerpos
que se pierden entre las gentes, la soledad y los malos amores.

Habla de cuanto nos queremos y del miedo que te da que estemos juntos.
Sobre los sacrificios que he hecho y los que tú no te animas a hacer.

Entre los versos de ese poema hallarás tu nombre
y encontrarás toda nuestra historia
leerás entre sus líneas lo que duele estar sin ti.
Cuando lo encuentres me mirarás a lo lejos
aún esperando se te quite lo pendejo
y te animes a sentir.

Mientras te espero y viajas de campo en campo
esconderé en este patio otros poemas
que hablen igual de este amor.
Los esconderé también dentro de la casa
que espera conmigo que llegues y nos habites
que te quedes y no vuelvas a irte sin mí.

En lo que decides volver, escribo y cuido este patio
donde algún día veremos el fruto de creer en los dos.
Tal vez cuando llegues los arboles estén dando mangos,
y toda espera valdrá la pena, viviremos nuestro amor.

Te haré buscar todos los poemas y que los leas
que sientas en sus palabras lo que fue extrañarte.
No te prometo que te gusten todos, o que te guste siquiera uno.
En muchos encontrarás que te insulto,
pero esos son, amor,
en los que más digo que te amo,
en los que se siente más cuánto te extraño.






II

LA TINTA NO HA SECADO y tampoco la sangre
la aguja sigue entrando
una y otra vez
marcando tu letra por siempre en mi piel.

Y mientras te tatúan en mí
te escribo en esta hoja donde tampoco ha secado la tinta
con cuidado para no mancharla,
y escribo que te extraño, a ti y tu cuerpo tibio en la mañana,
y el ruido que haces cuando te bañas,
la música que nunca falta en tu casa
y tu voz endulzando mi vida cuando cantas.

Y no han secado mis lágrimas,
caen,
una tras otra,
mojan mi rostro,
mis labios,
te digo, si te extraño.





III

ESPERO EN VANO que voltees y me mires como yo a ti,
que sientas algo, que me quieras y me desees,
me estoy consumiendo y a veces no te encuentro
en mis horas de delirio, me ciega el miedo.

Espero en vano que me abraces, me beses, me acaricies,
que me pienses, extrañes, me busques en tus horas de insomnio
como espero yo por las noches un beso, sentirte,
y escuchar tu voz suave como ronroneo de tigre.

Espero con el alma un llamado tuyo cuando estamos tan lejos,
y en esas tardes que me siento en la arena escribiendo sobre ti
vislumbro en el horizonte nuestros recuerdos
que me inspiran todo el tiempo.

Soy experta en escribir sobre el teclado a ciegas, tuve que hacerlo
es que tengo memorizado tu rostro y lo veo tras mis párpados,
y escucho tu risa, tu voz al cantar, solos salen los versos.
Y sigo esperando, sigo escribiendo, te sigo queriendo.






IV

TENGO MIEDO de esto que siento por él,
porque sé que no siente nada similar por mí,
y sé que en ocasiones se aprovecha de esto.
Siento miedo de un día morir sin él.

Y me dan miedo sus labios que no puedo probar,
sus abrazos tan contados que hacen mis lágrimas brotar,
cuando sus ojos miran las profundidades de mi alma,
me da miedo, me da ansia.

¿Qué voy a hacer de mí si un día se marcha?
Tendré miedo a la ciudad,
a cada rincón que me recuerde a él,
y al recuerdo de ser feliz a su lado.

¿Qué voy a ser si un día me deja?
Me da miedo convertirme en una loca,
vagando por las calles buscando su aroma,
esperando sentirme real de nuevo.

Tengo miedo de que el tiempo se acabe,
que no existan más horas,
más días, más noches con él.

Tengo miedo de amarlo,
pero mucho más de no hacerlo.





V

SI MIRARAS EL MUNDO a través de mis ojos
las palabras te dejarían de importar
y los colores te deslumbrarían al despertar.
La soledad no podría alcanzarte
y los fantasmas dejarían de atormentarte.

Las palabras que te escribo te atraparían en un mundo increíble,
se iría la vida vacía y los sentimientos hipócritas desaparecerían.
Si tu mente fuera libre de todo ello, tu corazón no se opacaría.

Yo te mostraría siempre lo mejor del mundo,
y la luna en cada una de sus fases.
Si entendieras lo que hay dentro de mí,
la vida que pasa ante mis ojos…
Amor, junto a ti, sería feliz.

Y todas las sensaciones llenarían tu entorno
si tomaras mi mano por un momento…
Si dejaras de poner barreras en tu corazón,
construiríamos una vida perfecta los dos.



CASCABEL # 14

CASCABEL # 14
NUEVA EPOCA, MUESTRA DE LA LITERATURA QUE SE ESTA ARMANDO EN HERMOSILLO, TORREON, TIJUANA Y EN LA BAJA SUR.

POETICARTEL #4

POETICARTEL #4
ILUSTRACION DE JULIETA SANCHEZ HIDALGO, TEXTO DE FEDRA RODARTE HIRALES ---PROYECTO URBANO DE DIFUSION DE LAS LETRAS Y LA GRAFICA SUDCALIFORNIANNAS, EN COORDINACION CON EL ISC Y LA DIRECCION DE CULTURA MUNICPAL

"CIUDADES IMPOSIBLES" obra grafica de Omar Murillo

"CIUDADES IMPOSIBLES" obra grafica de Omar Murillo
--de la serie "ciudades imposibles"

--de la serie "ciudades imposibles"

de la serie "ciudades imposibles"