sábado, 20 de enero de 2018

Ave muerta. Cuento y minificciones de Jorge Cobos Paz.

Jorge Cobos Paz nació en La Paz, BCS, en 1989. En 2011 egresó de la carrera de Turismo Alternativo y en 2017 de la carrera de Diseño Gráfico, la cual ejerce en la actualidad. También es promotor cultural y músico. Su cuento Ave muerta obtuvo el Premio Estatal de Cuento Joven Día de muertos 2017.




AVE MUERTA


Mi primer contacto con la muerte sucedió durante la infancia. Como cada verano –tan atrás en el tiempo como me alcanza la memoria–, visitaba con mi familia el pueblo natal de mi padre, una localidad tan insignificante que me sorprendería poco si no apareciera en el mapa, incluso en la actualidad. A pesar de las pocas oportunidades de sustento ofrecidas por aquel lugar tan remoto, el hermano de mi papá –en cuya casa éramos recibidos–, parecía disfrutar de aquella vida tranquila y solía decir, sin que ninguno de nosotros lo dudara, que permanecería ahí toda la vida acompañado de su esposa e hijos; al menos hasta que estos tuvieran edad de emigrar, lo cual al final sucedió. En lo particular, yo disfrutaba mucho de esos viajes estivales, pues además de representar un cambio del panorama urbano de mi día a día, tenía oportunidad de pasar tiempo con esa porción de la familia que no veíamos más de una o dos veces al año.

Iba acompañado de mi primo Rodolfo cuando nos encontramos, durante uno de nuestros vagabundeos a través de las tierras baldías, ante el cadáver reciente de un zanate de gran tamaño para la especie, con el plumaje negro azulado todavía brillante al sol del mediodía. Guiado por un impulso repentino, y siguiendo la tradición competitiva que nos caracterizaba en la niñez, reté a Rodolfo a tocar los restos del animal, a sabiendas de que no sería capaz de hacerlo; mi primo, además de ser un par de años menor que yo, no se caracterizaba por su valentía. Efectivamente, su respuesta no solo fue negativa, sino que además tuvo la desfachatez de devolverme el desafío. Yo, por mi parte, hube de acceder: en tales tiempos inocentes, ganar y conservar el respeto de familiares y amigos resultaba decisivo, y perderlo por faltar a un reto propuesto no era, de ningún modo, una opción aceptable.

            ¿Cómo podría haber estado consciente de lo que se desataría a raíz de aquella acción en apariencia inofensiva? Cuando tal recuerdo irrumpe en mi mente –lo cual casi siempre sobreviene durante mis pocas horas de sueño–, en ocasiones me sorprendo intentando con desesperación remover las barreras del tiempo valiéndome del poder de la mente, para alertar al pequeño inquisitivo que fui entonces y así detener la mano ejecutora que desencadenaría los hechos que hoy, motivado por la urgencia, me veo obligado a relatar.

Nos hallábamos pues, de pie cada uno a un lado del cuerpo mustio del ave que yacía en el suelo, del mismo modo en que la gente se sitúa en relación al ataúd en un entierro. Dedicamos un momento a contemplarlo. El pico, como es común en las aves al perder la vida, permanecía levemente abierto, simulando haberse quedado mudo a mitad del canto matutino. Mi madre, al consolarme sobre la muerte de mascotas en mis primeros años (un gato y dos peces; más tarde me enteré de que estos últimos fueron devorados por dicho gato), siempre representó aquel estado como un sereno sueño permanente, para suavizar el impacto de su irreversibilidad. Pero yo no pensé que el zanate aparentara dormir; al contrario: los pequeños ojos vacíos estaban abiertos de par en par, e inclusive daban la impresión de mirarnos hacia arriba, como observando a un par de poderosos atlantes a la expectativa. El cuerpo no presentaba lesiones visibles, al menos desde nuestra posición, y me pregunté cuál habría sido el motivo del deceso.

            Rodolfo rompió el breve lapso de silencio para recordarme que debía tocar al pájaro, el cual continuaba tendido a nuestros pies, con los ojillos negrísimos fijos en los nuestros, causándome a la vez repulsión y una especie de miedo creciente que incluso a esa edad me pareció absurdo experimentar; a pesar de ello me fue imposible sacudirme tal sensación.

            Adopté una posición en cuclillas y, lleno de dudas, observé de nuevo al zanate durante un segundo antes de cumplir lo acordado y tocarlo con el dedo índice extendido en las plumas más largas del ala izquierda.

            “¿Ya ves?”, dije con tono fanfarrón, “no pasa nada”.

            Nos retiramos, con Rodolfo levemente desilusionado por el desenlace tan poco movido.

            La imagen del ave y la sensación de las plumas permanecieron en mi mente, y esa misma tarde volví al mismo lugar, yo solo. El zanate, sin embargo, ya contaba con compañía: una tropa de hormigas se encargaba de saquear con premura los restos, que ahora exhalaban los primeros olores putrefactos, aunque esto último ciertamente no podría afirmarlo con seguridad: el hedor bien podría haberse tratado de un simple producto de mi propia predisposición.

            No tenía muy en claro el motivo de mi regreso. Sin embargo, sentía una inexplicable atracción hacia aquella tumba improvisada. Es más: se me ocurrió de súbito la idea de proporcionarle a la criatura patética un verdadero entierro según las prácticas religiosas que me habían inculcado desde la cuna –pero que en esencia realmente no alcanzaba a comprender.

            Poco duró la intención, pues muy pronto fue rebasada, primero por una curiosidad que no dejaba de crecer, y después por la inevitable sensación de poder sobre aquella figura desmadejada, abandonada por completo a mi merced.

            Una vez más dirigí mi dedo examinador al plumaje tornasol, pero esta vez no satisfizo mis necesidades de exploración: tomé el cadáver laxo entre mis manos, provocando, por cierto, una conmoción de hormigas que me obligó a soltarlo al primer piquete: el zanate cayó con un golpe sordo, prueba de lo grande que era y lo bien alimentado que estaba antes de perecer, y quedó en una posición tan antinatural que me apresuré a acomodarlo con torpeza.

            Esa iniciativa, igual que la de darle sepultura, tampoco prevaleció. La manipulación del cuerpo confirmó mi poderío. Al principio me ocupé en conocer a detalle esa anatomía desconocida: abrí las alas, maravillado por el movimiento de las plumas; examiné las patitas escamosas –tan delgadas que me sorprendió que en vida hubieran podido sostenerlo–, rematadas con dedos arácnidos de garras ganchudas, que palpé con las yemas para corroborar su cualidad punzante. Apreté con suavidad el abdomen, acaricié el dorso, manoseé las articulaciones… el juego explorador duró un rato antes de cansarme y pasar a la siguiente etapa.

            Ahí fue cuando las cosas se torcieron. No sé qué demonio turbulento se apoderó de mí entonces, ni a qué se debió mi ocurrencia, pero la verdad es que, tras aquel inocuo ejercicio de descubrimiento, sentí la necesidad de ir más allá. Inicié simplemente dejando caer una vez más el cuerpecillo maltrecho. La visión del peso muerto chocando contra el suelo y el polvo fino levantado por el impacto me produjo cierto deleite mezquino. Acto seguido le propiné un fuerte puntapié al animal, haciéndolo volar sin gobierno a pocos metros, dejando atrás algunas plumas, que cayeron con lentitud trazando arcos en el aire. Lo utilicé de diana para afinar mi puntería, usando piedras como munición. Pisoteé las extremidades y la cabeza hasta escuchar los huesos crujir bajo mis suelas. Incontables cosas hice motivado por aquella curiosidad malsana, de las cuales ahora me avergüenzo de admitir por su grado de vileza.

Con aquel ritual violento que realicé en la intimidad de la luz roja de la tarde, le perdí el miedo a la figura de la muerte, y a la vez experimenté sin saberlo una especie de indiferencia por la vida. Y en la ignorancia de la inmadurez que me cobijaba, llegué a creer que aquello representaba un logro.

¡Qué equivocado estaba!

Pasarían años antes de comenzar a pagar el precio de mi infantil curiosidad, que ahora, contrito, reconozco tan enfermiza. De hecho, no ocurrió ningún atentado contra mi seguridad o salud mental durante el resto de aquel verano, excepto por un detalle que, aunque en la época referida no me pareció tan grave, sino más bien un simple malestar pasajero, hoy me doy cuenta de que en algún nivel más profundo me afectó desde entonces sin que yo lo advirtiera.

            Los zanates, aunque abundaban en el destino de nuestras visitas vacacionales de antaño, nunca me parecieron dignos de mucho interés; resultaban llamativos a la vista, sí, pero nada más. No obstante, a partir de ese episodio, su presencia se volvió especialmente notoria. Cada tarde al caer el sol, cientos o incluso miles de aquellos animales se apresuraban en desbandada a buscar el abrigo de los árboles para protegerse durante las horas nocturnas. La casa de mis tíos estaba flanqueada por dos ejemplares enormes de árbol de mango, constituyendo dormitorios perfectos para el ejército de manchones negros y marrones que como flechas emplumadas se introducían entre las ramas. El escándalo de sus trinos, que con el pasar de los días más bien terminaron pareciéndome alaridos siniestros, era increíble. Así pues, no había manera de escapar de aquel concierto atonal, cuyo estrépito destemplado me acompañaba por la noche y con frecuencia interrumpía mis sueños que, ahora me doy cuenta, solían incluir siluetas negras al vuelo.
           
Faltaban pocos días para celebrar mi decimosexto cumpleaños cuando sufrí el primero de una serie de desmayos que duraría solo una breve temporada, pero que sin duda marcarían tanto el comienzo del miedo recurrente que habría de acompañarme hasta la actualidad, como el final de mi tranquilidad juvenil, una vez consciente del alcance de las fuerzas de mi tormento.

            Ocurrió una tarde de noviembre; iba camino a casa y ya la brisa otoñal me helaba las mejillas, la nariz y las orejas; las manos se mantenían protegidas dentro de los bolsillos del pantalón. Disfrutaba esas caminatas: el frío creciente, potenciado por el viento fuerte que corría por momentos, silbando entre los árboles como si poseyera una voz propia, para después detenerse súbitamente. Recuerdo que llamó mi atención lo silencioso de la calle: no se veía gente, ni coches; se escuchaba apenas el murmullo ambiental del movimiento urbano alrededor.

El silencio no era normal.

Fue entonces cuando sucedió, de repente, sin oportunidad de prevención; no tuve tiempo de sentir nada, y no recuerdo ni el preámbulo, ni la caída, que debió ser estrepitosa, a juzgar por la cara magullada y la nariz sangrante, detalles que descubrí al llegar a casa más tarde y examinar el reflejo observándome turbado desde el espejo empañado del baño de la planta baja. A lo mucho, podría decir que aquel desvanecimiento fue instantáneo; fue como si me envolviera de imprevisto la sombra de una enorme ave de rapiña descendiendo de los cielos, cubriéndome con su manto emplumado como lo haría con cualquier otra presa. Debo disculparme si mis referencias aluden al tema de los pájaros con frecuencia; hoy en día me es difícil alejar mis pensamientos de ellos. En mi defensa, debo decir que tal hábito está, cuando menos, justificado.

            No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, tendido en el suelo. Supuse que un rato considerable, a juzgar por la luz rojiza del atardecer que se filtraba por entre las nubes. Desperté con numerosas heridas, que evidentemente no fueron causadas por el impacto seguido de mi colapso. No; eran pequeñas laceraciones punzantes, círculos sanguinolentos en manos, brazos y pecho. Picotazos.

            Estoy convencido de que no los habría reconocido como tales de no ser por lo que vi a continuación. Un graznido cavernoso me hizo voltear, buscando su origen con los ojos aún aturdidos. Posado en una de las ramas de un eucalipto cercano se encontraba un robusto cuervo, mirándome como su hubiese estado ahí contemplándome por largo rato, esperando a que despertara. Al toparse nuestras miradas (la mía vidriosa y confundida; la suya vacía y lúgubre), repitió su reclamo. Desde su posición elevada, parecía burlarse de mí con aquel profundo crascitar.

            Dicha vocalización gutural sin duda representó lo más pavoroso de la escena pues, aunque estoy bien consciente del absurdo, lo interpreté en ese momento como una llamada dirigida específicamente a mí, una tardía querella motivada por los actos realizados años antes. Casi pude escucharlo pronunciando mi nombre, coreado por el viento que había reanudado su flujo entre los árboles. La sensación se incrementó al observar aquellos ojos color carbón. Aunque aquel intercambio visual duró apenas unos instantes, me pareció que se prolongaba por siglos. Después, sin previo aviso, el animal extendió las enormes alas y se dejó caer como una nube negra de la rama que lo sostenía, descerrajándome un último golpe con el pico encima de la ceja izquierda antes de alzarse en vuelo y desaparecer en las sombras del crepúsculo inminente.

Como mencioné antes, esa no sería la única vez que me vería víctima de desvanecimientos repentinos que, por algún motivo, ocurrían siempre estando yo en exteriores. Nunca más fueron tan graves las heridas –salvo por la vez en que me causé un esguince en el hombro al caer sobre el borde de una acera–, y al recuperar el conocimiento no volví a ver ningún cuervo o cualquier otro tipo de pájaro acechándome. Pero yo los buscaba: se volvió una reacción automática el rastrear con vistazos ágiles mis alrededores en busca de figuras negras, aladas. Quisiera decir que fue alentador no encontrarlas, pero sospecho que de algún modo ello fomentó mi paranoia, la cual desde entonces no hizo sino aumentar.

El tiempo reveló el daño paulatino que los acontecimientos referidos me causaron. Aunque en apariencia vivía con normalidad –finalicé mis estudios superiores, conseguí un buen empleo, una pareja y todo lo que en convención debe hacer uno para “ser feliz”–, por dentro nunca dejé de sentirme, en el mejor de los casos, intranquilo (y en el peor, al borde del colapso). Desarrollé una predecible fobia a las aves rapaces: la mera visión imprevista de esos seres era suficiente para provocarme una lividez de espanto e incluso alterarme al punto en que llegó a peligrar mi vida. En una ocasión estuve cerca de perder el control de mi automóvil al divisar a la vera de la carretera el cadáver hinchado de una vaca, rodeado por un pequeño ejército emplumado que custodiaba el banquete próximo: sentí las cabezas calvas de las auras voltear en mi dirección, casi como en espera de mi llegada. Cerré los ojos y aparté el rostro como quien pretende esquivar una ráfaga de polvo, y las llantas aullaron al entrar en contacto con la gravilla al borde del pavimento; el vehículo se tambaleó con violencia, pero logré dominarlo, continuando mi camino con el corazón acelerado. Si a estas alturas todavía fuera creyente, pensaría que me salvé por obra de un milagro.

            En lo sucesivo evité en la medida de mis posibilidades cualquier paseo que implicara el contacto la naturaleza, donde no sabe uno qué puede encontrar. No me sentía seguro como para afrontar tales sorpresas.

Está de más decir que en mi adultez me fue imposible regresar al pueblo de mis familiares descrito al comienzo del relato. Me escudaba tras pretextos de trabajo y otros motivos quizá poco verosímiles, pero que cumplían su cometido de liberarme de la perspectiva de volver allá a enfrentarme al origen de esta pesadilla.

Nunca se me ocurrió comentarle a nadie las experiencias que ahora comparto; ni a mis padres, ni a los amigos más cercanos, ni ante el sacerdote al realizar la confesión periódica que me fue impuesta; ni siquiera se las compartí a la mujer que debió haberse convertido en mi esposa si no se hubiese interpuesto esta misma situación, la cual tiempo después la obligó, con toda razón, a alejarse de mí.

Los sueños se han convertido en un catálogo visual que me presenta con escalofriante exactitud y detalle los recuerdos de todas esas experiencias que desearía olvidar; no sólo eso: mi propio subconsciente se pone a trabajar y agrega escenas de su autoría: varias veces he despertado de golpe al verme sepultado por una bandada de cornejas furiosas en una avalancha aparentemente vengadora.

Hace pocos días los pájaros comenzaron a llegar, de uno en uno, como convocados por alguna señal invisible. Se posan directamente sobre mi casa, en cualquier superficie disponible: el techo, las cornisas, el balcón, el muro que rodea la propiedad. No son tantos como para llamar la atención de nadie aparte de mí, y estoy convencido de que, de acudir a alguna autoridad para hacerse cargo del problema, ni siquiera lo calificarían como una auténtica plaga. Al principio me propuse ahuyentarlos yo mismo: no se inmutaron con mis gritos ni con los ademanes exagerados de los que hice uso, y no me quedó más que retraerme al interior de la casa, aceptando el fracaso. Y aunque de tanto en tanto los espiaba por las rendijas entre las cortinas, pronto abandoné esa práctica que, en lugar de calmarme, me llenaba de ansiedad al ver esas figuras sombrías haciendo guardia fuera de lo que se ha convertido para mí en una celda voluntaria.

            Pero los escucho. O creo escucharlos. De tanto en tanto percibo la voz ronca de un cuervo, o el pesado aleteo de un zopilote al pasar frente a la ventana, confirmándome que siguen ahí, sin intenciones de dejarme.

            Y los escucho llamándome. Ya no tengo dudas: es mi nombre lo que ocultan en sus graznidos de pesadilla, y no puedo sino sentir pavor al pensar en qué será de mí. He llegado a romper en carcajadas sin control, presa de una comicidad demente; presumo que se trata de algún medio involuntario para expulsar un poco de la desesperación que me carcome.

Las viejas heridas vuelven a abrirse poco a poco. Los picotazos sangran, y los hilillos rojos corren hacia el suelo, formando charcos oscuros a los que acuden las hormigas igual que a un cadáver para obtener comida fácil.

Ahora me he puesto a escribir (sin poder evitar manchar de rojo el papel), tanto para dejar registro de lo que sucedió, como también para matar el tiempo que me resta, que auguro, no es mucho. Sin embargo, he decidido detener muy pronto el sumario de mis anécdotas, pues si bien el rasgar de la pluma contra el papel en un principio me resultó reconfortante, conforme se acumulan los párrafos comienza a parecerse cada vez más al chillido amenazante de las aves de color de azabache que, tras las ventanas cegadas, sé que me esperan con una paciencia que no pertenece a este mundo.

Incluso ahora no he conseguido esclarecer su motivación, aunque creo que me he expresado mal al hablar como si fueran los animales los responsables de todo esto; no, estoy convencido de alguna fuerza maligna los guía y los impulsa, y si el propósito era despojarme de mi cordura, puedo decir que la empresa ha sido exitosa.

Si la intención no se detiene ahí, y por el contrario se espera de mí que pague con mi vida (o con mi muerte, según se vea), me temo que no habrá qué esperar mucho más.

Es suficiente. Es la hora.


Hoy esputé por la boca una pluma negra, casi tan larga como la extensión entre mi codo y la punta de los dedos. Esto es lo último que escribo, antes de usar el extremo puntiagudo para sofocarme clavándolo en mi garganta. He de darles lo que quieren. Por fin lo entendí: un sacrificio. Por eso se me ha dado la herramienta perfecta. Por eso se me ha empujado hasta los límites. Para otorgarme el valor. Para arrinconarme hasta no tener elección. Y ahora incluso deseo ofrecer esta ofrenda definitiva. Lo anhelo. Estas son mis últimas palabras. 

Ahora he de recibir mis propias alas negras, y emprender el vuelo convertido en un ave muerta.









Reciprocidad

“¡Adiós!”, le gritó al espejo. Dio media vuelta y se fue caminando. El reflejo, indignado, hizo lo mismo y se alejó en la dirección contraria.

            Cuando regresó arrepentido, el reflejo no fue a su encuentro.






Y nada

Tenía sensaciones extrañas. Una luz intensa tras los párpados, y al abrir los ojos, nada. El suave cosquilleo de unos dedos femeninos revolviendo su cabello, pero no había nada. Agua corriendo por su pecho desnudo, y nada. Tenía la sensación de estar vivo, y nada.



Huésped. Poemas de Yaroslabi Bañuelos.


Yaroslabi Bañuelos Ceseña (La Paz, Baja California Sur, 1991) es licenciada en Psicología por la Universidad Internacional de La Paz. Fue beneficiaria del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) 2016-2017, en la categoría de Jóvenes Creadores, por el proyecto literario “Fuego a la intemperie”. Obtuvo mención honorifica en la primera edición del Premio Estatal de Poesía Joven Letras Nuevas (2017, La Paz.). Ha publicado algunos cuentos y poemas en distintos espacios digitales como en la Revista de Arte, Estética y Creación Contemporánea Rojo Siena, Liebre de fuego, Revista Nocturnario y La Rabia del Axolotl. Participó en el Décimo primer Encuentro de Escritores Sudcalifornianos (2017) y en la Mesa de Narrativa, Nuevos Talentos, dentro del marco del Décimo tercer Encuentro Literario Lunas de Octubre (2016). Asimismo, fue seleccionada para participar en el Quinto Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea (2017) y ha sido integrante de la tercera edición de la Residencia Artística Transdisciplinar “Interacción Rural” (2017). Es autora de “Micropesadillas”, cuaderno de cuentos breves editado por Cuadernos de la Serpiente.



                                                                 También el agua


También el agua tiene labios
que suplen a los míos
y besan el camino de tu espalda
aunque no lo sepas
aunque no lo esperes

También el aire tiene oídos
que escuchan tu jornada
tus pasos ansiosos
tus carcajadas
tu voz cuando dices “tal vez”

También la noche tiene ojos
que se desvelan
y te miran dar vueltas en la cama
hasta las tres de la mañana

También la luna tiene insomnio
que se alimenta de la angustia
de no saber de ti

Y yo
por pensar tantas cursiladas
tampoco puedo dormir.






Escombros


En septiembre son escasos los milagros
se derrumba la mañana
cae de golpe la tristeza
suenan las sirenas / gritos y sirenas / explosiones y sirenas
La vida no da treguas
y llueve sobre las espaldas cansadas
sobre las flores atrapadas en avalanchas de polvo y cemento
Bajo los escombros nacen espectros
el rumor / la mentira
la llama / el amor
El caos no concede armisticio
¿qué se puede hacer?
                                               Todo.






Paraíso nauseabundo

Corazón sin forma, nervadura de tigre,
que paseas en llamas por las tinieblas de mi vida
¿Qué dios inmisericorde pudo crear tu lengua?
¿Qué arcángel despiadado puso luz y mentira en tus labios?

¿Qué serpiente?
¿Qué mortífero veneno?
¿Qué alacrán?
¿Qué ponzoña encierra tu garganta?

¿En qué rincón del infierno se labró tu maligna sonrisa?
¿En qué noche?
¿En qué abismo?
¿En qué profundidades infinitas se tejió tu voz?

¿Qué oscura estrella gestó tu palabra?
¿Qué monstruo terrible?
¿Qué terrible ángel?
¿Qué bestia del apocalipsis esculpió tu sexo?

¿Qué piedra?
¿Qué navaja?
¿Qué carnicero maldito afiló tus dientes?

Dime, corazón sin forma

¿En qué nauseabundo paraíso se engendró
esa boca tuya  que no sabe decir te quiero?








Huésped



Viene por las noches
en forma de gato perverso
o sanguijuela
pero a veces se agiganta y es un tigre

Viene por las noches
a devorar la luz
a rasgar la piel
a horadar la carne

Viene por las noches
porque le gusta trazar laberintos
con los fragmentos del delirio
Siempre vuelve
taladra mi cabeza
despedaza el silencio
y engendra aquelarres en la almohada

Viene todas las noches
Nunca le pido que se vaya.





Pez abisal


Tu sonrisa, ese pez abisal
juega con las olas del tiempo
no muerde mis anzuelos
y escapa con su estela de soberbia
hacia las profundidades de la alcoba

Me embarco, hambrienta de ti y persigo
el rastro de espuma que deja tu cuerpo
desde la cama hasta la cocina
desde la puerta hasta el librero
como pescador de quimeras
como marinero errante
Pero todos mis barquitos de papel
encallan en tu pecho y dichosos
se hunden en el bravo mar de tus latidos 
donde acaba mi tristeza, mi espera, mi urgencia
mi naufragio. 










martes, 28 de noviembre de 2017

Crayolas color ceniza (fragmentos). Poemario ganador del premio regional de poesía La Paz 2017


Iván Arturo Hernández Villalba nace en la ciudad de La Paz el 03 de septiembre de 1994. Es licenciado en educación y miembro del taller de la serpiente UABCS. Fue becario del programa Interfaz: Los signos en rotación edición 2016. A publicado en revistas de circulación local y en aparece en la compilación “Transpeninsulares: Poetas de Baja California nacidos en los noventa” de la revista electrónica Circulo de poesía.




Premio regional de poesía ciudad de La Paz 2017
Crayolas color ceniza (fragmentos) – Arturo Hernández Villalba



Papá trabaja con cadáveres

y así me abraza,
con ese aroma a bosque acenizado
acicalándole la boca,
con un epitafio en cada dedo de su mano
que ruega por mi porvenir,
con media sonrisa decepcionada de la vida
y media mueca de odio torcida
hacía el azul falso del cielo.

Papá me abraza
con sus manos que han acariciado
la muerte.


Carcinoma significa también cicatriz
y significa miedo en mi pequeña boca.
Porque es una palabra enorme,
enormemente grande,
como una caída en bicicleta,
como una canica perdida,
como un caramelo
que rompe su cristalizada vida
contra el suelo.




Soy un niño pequeño
que lleva el mismo nombre de su padre
en otra lengua.

Un niño pequeño
que ya carga pecados,
que ya sabe del sabor de las cenizas,
que ya entiende el silencio sabio de los árboles.

Fui tonto, papá,
caí en la tentación
de creerte
héroe.



Aquí los arboles
encuentran el camino
a su última morada.

Las manos de papá
saben más de azar
que las piedras
de los acantilados.

Aquí los arboles
dan sus últimas plegarias
o dejan de creer.


Papá trabaja con cadáveres
desde que el gallo pinta con su agreste canto la mañana
hasta que los gatos seducen las costillas de la noche.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Un crimen singular. Narrativa de Marliz Moreno Vázquez


Margarita Elizabeth Moreno Vázquez ”Marlíz Moreno”
Licenciada en Comunicación y Relaciones Públicas por la (ULA), Universidad Latinoamericana. 1999
Maestría en Gestión y Dirección Estratégica de Recursos Humanos por el (IES) Instituto de Estudios Superiores de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU de Madrid. 2001
Se inició en 1996 como editora de notas internacionales en (Notimex) Agencia Mexicana de Noticias. Editora de la revista “MexiCalidad”, se ha desempeñado en el Área de Capacitación en organizaciones como Federal Express Holdings México y C.A., Banco Interamericano de Desarrollo, Washington, D.C. así como en Ingersoll-Rand/Hussmann y, (GNP) Grupo Nacional Provincial.
Vive en la Ciudad de La Paz, Baja California Sur desde 2008. Es autora del libro “El vuelo de la mariposa”. Dirige el proyecto “Letras en Forma” en Publicaciones Odisea S.A. de C.V. letrasenforma.mmv@gmail.com  Y actualmente colabora como Content Manager en la agencia de viajes: tuprimerviaje.com













Un crimen singular

En las afueras de la ciudad se aprecian extensas llanuras que alguna vez fueron ejidos naranjeros. Hoy, poco a poco han ido apareciendo pequeñas granjas, bodegas y una que otra casita. Los asentamientos humanos aun son escasos y no es raro ver intercaladas viviendas con terrenos cercados sin construcción que dan la apariencia de un pueblo casi fantasma.

Por increíble que parezca, esta población cuenta con papelería, tienda de abarrotes, parque, heladería y hasta una pequeña capilla. Un domingo en plena misa de once, se hizo presente una señora que vestía un abrigo negro. Usaba lentes oscuros y su cabello rubio recogido apenas dejaba entrever un rostro claro y triste.

-¿Ya vio comadre? ¿Quién está entrando a la capilla?

-Sí comadre, pero qué atrevimiento de esa mujer. Entrar en la casa de Dios como si nada.

-¡Pero si habrá gente cínica!

-No entiendo cómo el padre lo permite. Es más, no entiendo cómo esa mujer no está en la cárcel.

-De seguro tiene palancas. O dinero. O las dos cosas.

-Sí comadre, a leguas se le nota la cara de asesina.

-Dice la Beatríz que lo más seguro es que mató al marido para quedarse con el dinero.

-¿Pues usted qué cree comadre? ¿A poco iba a dejar rastros? De seguro lo va a reportar desaparecido y ella ya hasta dispuso del cuerpo, ¡Dios bendito!

El padre dio por terminada la misa, alzó su brazo derecho para dar la bendición y a la salida de la capilla se formó como siempre un grupo de gente poniéndose al día sobre los acontecimientos semanales. Era la esperada hora de socializar y aprovechaban también para comer elotes con crema, algodones de azúcar y un poco de prójimo.

Audelino Sánchez era un ranchero del pueblo a quien le pagaban por sacar a pastar las vacas de un ganadero acaudalado. Ese día, estaba sentado en una banca del atrio cuando se le acercó un agente de la policía municipal para hacerle algunas preguntas sobre los rumores que corrían acerca de la señora del abrigo negro.

-Buenos días Audelino

-Buenos días agente, ¿cómo está usted?

-Muy bien Audelino, gracias. Desde hace unos días que quiero hacerle unas preguntas.

-Usted dirá. Toy a sus órdenes

-Se comenta en el pueblo que usted presenció un crimen. ¿Qué tiene que decir al respecto?

-Bueno agente. Yo lo único que puedo decirle es lo que yo vide... Resulta que hace dos semanas ma o menos yo taba debajo de un árbol, almorzando pues. Cuando llegó en un carro una señora. Traiba puesto un abrigo negro y me llamó la atención que se miraba llorando. Traiba lentes oscuros y el pelo recogido. La miré que bajó una pala. Se metió muy segura al predio, como si supiera el lugar exacto a donde quería cavar. Lueguito se puso a hacer un hoyo con la pala. Supe pues que algo quería enterrar. Pero yo me jui de ahí porque no quería perder de vista a las vacas. Después ya no miré nada.

-Pero Audelino, ¿qué fue lo que la señora enterró?

- No, pos yo no vide. Sólo miré que bajó del carro un bulto envuelto en una toalla blanca o verde o blanca con verde, no recuerdo con exactitu.

-Bueno Audelino, ¿y cree usted que nos pueda conducir al lugar de los hechos? Se trata de algo muy grave si es que estamos hablando de un asesinato.

-Sí agente, yo con gusto los puedo llevar.

Esa misma tarde, acordaron verse en un punto de la carretera, a partir del cual, Audelino Sánchez los llevaría al lugar en donde se había dado lugar el crimen de la señora del abrigo negro. Y así fue, Audelino y los agentes caminaron unos metros hacia el monte. La hierba era espesa y con mucha cautela se acercaron a lo que parecía ser un pequeño enterramiento.

A lo lejos escucharon una voz conocida. Era el padrecito que gritaba:

-¡Señor agente, señor agente! ¡Audelino! ¡Deténganse por favor!

Estaban a punto de cavar nuevamente para destapar el misterio que tenía a medio pueblo en la zozobra. Cuando el padre se acercó corriendo, jadeando por su mala condición física:

-Hijos míos. Hace dos horas se acercó a mí la dueña de este terreno. Es nuestra nueva vecina, seguro saben de quien les hablo. Es una señora joven y rubia. Siempre trae el pelo recogido. Me acaba de decir que está muy triste, que hace dos semanas que llora inconsolablemente porque su perrito se le acaba de morir y que como muestra de su duelo, viste un abrigo negro en señal de luto. Beatríz, la señora de Adelino me dijo que habían venido a desenterrar un bulto que ella colocó en este terreno. Bueno, pues les informo antes de que cometan un error, que ella dispuso enterrar a su perrito aquí porque dice que va a construir la casa en donde quiere pasar el resto de su vida y que quiere estar al menos cerca del pequeño cuerpo de su amada mascota.

Y así los hombres voltearon la mirada hacia la improvisada tumba y alcanzaron a ver un ramo de flores blancas, un collar de perro atado a un madero y una inscripción que decía: “Por siempre Cayetano, mi fiel amigo y compañero”. 









La casa abandonada

Santillana del Mar, finales del siglo XX. Una casa muy grande pero abandonada. Las paredes externas han tornado un color negruzco y el salitre marino del Cantábrico se ha impregnado entre los muros internos que dejan filtrar goteras gélidas y estremecedoras. El apuesto joven Pablo está de vacaciones por primera vez en Cantabria y el pueblo le ha despertado una gran curiosidad, en especial, esta famosa casa.

Pablo llegó entusiasta con su cámara. Su principal intención era fotografiar ese pueblo del que tanto le habían hablado. Tuvo que comprar un impermeable y un paraguas debido a que, sin importar la estación, las nubes y los chubascos forman parte de la perspectiva cotidiana en aquel lugar. Se permitió tomar una sopa caliente de mariscos y decidió que emprendería por fin esa tarde la visita a la famosa casa abandonada.

Existen un sinfín de mitos y leyendas sobre la práctica de brujería en la antigua Santillana del Mar. Esto, aunado a que por esos días, se designó a esta población como sede de una exposición temporal sobre “Instrumentos de tortura”, le dieron a Pablo el contexto perfecto para tomar fotografías sombrías y para prestar oídos a los más lúgubres relatos que jamás hubiera escuchado con anterioridad.

De la casa abandonada se rumoreaba que sólo había quedado un espejo que tenía un único poder. Aquella persona valiente que osara plantarse frente a él, recibiría un mensaje. Muchos han entrado a la casa, se han mirado en él y se han lamentado el resto de sus vidas, se repetía Pablo a sí mismo, al recordar las palabras de advertencia de los habitantes. Pero para Pablo se trataba sólo de supersticiones y habladurías populares.

Pablo, temerario, racional y ecuánime pagó su boleto de entrada y se dispuso a visitar la casa. Le pareció que de pronto el cielo se volvió más oscuro. Al entrar en la casa, sintió de pronto un frío que se coló entre su ropa. Subió las escaleras y le pareció extraño que no había más turistas que él. Por un momento dudó y se preguntó si su osadía era muy grande o si simplemente aquel pueblo no atraía suficientes visitantes.

Por fin, entró en la única habitación abierta y vio en una de sus paredes, colgado el dichoso espejo. Con una risa casi burlona, Pablo se acercó al espejo y se concentró en la imagen que allí se estaba reflejando. Su respiración era cada vez más rápida y no podía creer lo que estaba viendo. El reflejo era de un demonio de ojos rojos y dientes afilados. De inmediato cerró los ojos y sintió como se erizaban los pelos de sus brazos.

El apuesto Pablo llevó sus manos a los ojos y no quiso ver más. Sin embargo una voz proveniente del espejo se dejó escuchar sutilmente: “Soberbia, vanidad y soberbia... vanidad”. Pablo salió corriendo de la habitación y llevaba esta vez las manos sobre sus orejas mientras jadeante bajaba por las escaleras. “¡No lo puedo creer!, ¡qué cosa tan horrible!” Llegó de nuevo hasta la puerta de la casa, en donde estaba la taquilla.

El vendedor de boletos salió a darle un poco de consuelo y le dijo: “Joven, este espejo es inocuo, no se asuste. Sólo tiene el poder de reflejar el alma de las personas. Ignoro cuál haya sido el mensaje para usted, pero tengo la impresión de que se encuentra en perfecta edad para ajustar las velas en su paso por este mundo”. Pablo se cerró el impermeable y se alejó del lugar con la mirada fija y la razón confundida.

















domingo, 29 de octubre de 2017

Los guardianes de la biblioteca. Textos de Carlos Eduardo Félix Santamaría.


Carlos Eduardo Félix Santamaría nació en La paz, B.C.S México el 16 de Diciembre de 2017.

- Miembro de la Asociación de Scouts de México, en el Grupo 16 Cimarrones desde Abril del 2012
-Ganador del Segundo lugar en expresión literaria en la categoría de cuento y ganador Segundo Lugar en Cuento Expres en el XXIIl encuentro de arte y expresión scout. En 2013
-Ganador del primer lugar en expresión literaria en la categoría de cuento y ganador Primer Lugar en Cuento Expres en el XXIIl encuentro de arte y expresión scout. En 2014
-Ganador del concurso estatal de Robótica y participante de la competencia nacional en Mexico, DF. En Junio de 2015
- Participo en el XI Parlamento Infantil Sudcaliforniano 2016  “ Para que las Niñas y los Niños hablen”
-Ganador de la olimpiada del conocimiento infantil 2016, Recibiendo el reconocimiento en la Ciudad de México a manos del Presidente Enrique Peña Nieto.
- Ganador del primer lugar de Expociencias en la Categoría Ciencias de la Ingeniería en Junio de 2016. Desarrollando el Proyecto SINAI (Sistema de navegación para invidentes).
- Miembro del Equipo de Tiro con Arco Osos Grises del Pentatlón Moderno Militarizado desde 2014, Obteniendo los siguientes logros:
1 Ganador del tercer lugar en el Campionato Estatal de tiro con Arco en la Cat. Infantil 2015
2 Ganador del segundo lugar en la competencia estatal INDOOR Dic de 2015
3 Ganador del tercer lugar en la competencia estatal INDOOR 2016
4 Ganador de Tercer lugar en la Competencia Estatal INDOOR 2017






Los guardianes de la biblioteca

La mayoría ha ido a una biblioteca pero… sabes que pasa en ellas cuando es de noche, por la noche despiertan los guardianes, unos guerreros de papel que por el día se hacen pasar por libros de las bibliotecas pero por la noche defienden las bibliotecas de los Urumari, unos seres intergalácticos que  buscan el conocimiento ilimitado, al principio los guardianes tenían claramente la ventaja, pero con el pasar de los años los niños han dejado de ir a las bibliotecas y los guardianes pierden cada vez más su poder , por eso los guardianes hacen un llamado para que los niños vayan a leer y le den poder a los guardianes para vencer a los Urumari.







Un diablo aburrido

Todos los que piensan en el diablo piensan en un ser temible lleno de maldad, pero la realidad es otra , al principio el diablo si era muy malvado, pero tras miles de años de recibir una cantidad enorme de papeleo de los humanos que eran enviados al infierno, así que decidió que era hora de escapar, hizo que sus súbditos de confianza cavaran un túnel hacia la superficie , pero cuando el diablo llego a la superficie se dio cuenta de que era mucho peor que el infierno mismo, guerras  por aquí y corrupción, bandas de criminales y asesinatos cada día, por lo que decidió sellar el túnel para siempre.









Serpentecalipsis

Serpentron era una serpiente cibernética que siempre soñó vivir en el mundo real, pero jamás lo lograba, por esto siempre le tuvo rencor a la humanidad por lo que un día se  multiplico cientos de miles y por medio de el internet llego a todas las computadoras del mundo y comenzó su régimen como señor supremo de la tecnología y esclavizo a la humanidad por el resto de la eternidad.










Sueñoception

Al principio, estaba rebotando corriendo y trepando entre edificios hasta que llegue a un lugar donde estaban muchas personas jugando football pero como no me gustaba me fui de ahí, camine por los edificios como si no hubiese gravedad, luego entre a una casa y los que vivían ahí me ofrecieron cereal y como tenía hambre dije que sí pero en eso comenzaron a perseguirme dado que querían comerme así que salte de la casa y justo cuando iba a llegar al suelo desperté y vi a mi hermano viendo la tele y volví a despertar esta vez en la vida real.


















Los trompos del destino
Al principio solo existían 2 trompos intergalácticos híper poderosos separados por miles y miles de años luz, pero un día uno de los trompos cruzo un extraño portal que lo llevo directamente a donde se encontraba el otro y de su choque hubo una gran explosión, una que ahora se conoce como el big bang y como ya sabemos luego se creó el sistema solar y posteriormente la tierra, pero… ¿Qué paso con los gigantes trompos?, cuando estos chocaron explotaron en miles y millones de pequeños trompos que cayeron en la tierra y que años después fueron encontrados por el hombre y usados como juguetes, pero si todos se volviesen a unir se crearía un único trompo primigenio que destruiría todo el universo.



CASCABEL # 14

CASCABEL # 14
NUEVA EPOCA, MUESTRA DE LA LITERATURA QUE SE ESTA ARMANDO EN HERMOSILLO, TORREON, TIJUANA Y EN LA BAJA SUR.

POETICARTEL #4

POETICARTEL #4
ILUSTRACION DE JULIETA SANCHEZ HIDALGO, TEXTO DE FEDRA RODARTE HIRALES ---PROYECTO URBANO DE DIFUSION DE LAS LETRAS Y LA GRAFICA SUDCALIFORNIANNAS, EN COORDINACION CON EL ISC Y LA DIRECCION DE CULTURA MUNICPAL

"CIUDADES IMPOSIBLES" obra grafica de Omar Murillo

"CIUDADES IMPOSIBLES" obra grafica de Omar Murillo
--de la serie "ciudades imposibles"

--de la serie "ciudades imposibles"

de la serie "ciudades imposibles"